¿dóndevamossindepilar?


cincuento

Cuenta la leyenda de orígen Maya, que Chac, Dios de la lluvia, se enamoró perdidamente de Ix Chel, diosa de la luna e hija de Tlaloc, pero su amor no fue correspondido. En su despecho, Chac cubrió el cielo con nubes negras para que nadie pudiera ver la belleza de Ix Chel. Según la tradición fueron 3 años los que el cielo estuvo cubierto de nubes y lluvia incesante.
Los riachuelos se desbordaron, y los sembrados se inundaron dejando al pueblo sin alimento. La situación se tornó tan grave que ni el mismo Tlaloc encontraba la solución, pues con tanta lluvia la gente moriría.
Una noche, Ix Chel, Diosa de la luna, al ver al padre Tlaloc tan abatido decidió buscar una solución que, aunque triste para ella, era la única salida: casarse con Chac para convencerlo con su belleza de que quitara el velo de las nubes y la lluvia cesara.Pero, lo que en apariencia era un triunfo para Chac, en realidad era una trampa de Ix Chel. La noche de bodas, en el preciso momento en que Chac borró las nubes, ella se escapó en forma de pequeñas hojitas verdes que cayeron como lluvia por todo el territorio. Esas hojitas que se podía comer preparadas de diferentes formas salvaron a los Mayas de una muerte segura. Nuestros ancestros las llamaron “Chepil-Ix”, que significa “hojas de la luna”. Así fue como nació lo que hoy conocemos como CHIPILIN.

Leyenda maya

– Déjenme seguir lo que yo contaba – pide el viejo masticador de tabaco en hoja – Esa ruja había dado por molestar a mi hermano, el finado Chabelo, queriéndole chupar la sangre a su muchachita recién nacida. Todas las noches, desde como esta hora, ahí estaba la tal lechuza en el caballete de la casa. No los dejaba dormir y, por más rezos y maldiciones, no cejaba la vieja sinvergüenza. Chabelo me pidió consejo. “Déjamela”, le dije, “yo te la voy a agarrar”. Así fue, m’hijos. Yo ya tenía conocimiento dónde era que ella se convertía en lechuza: era al pie de un higuero, en la orilla del río grande. La vigié. Llegó; se desnudó y se puso a dar vueltas a derecha y al revés alrededor del higuero. De repente, salió volando hecha lechuza. Agarré su ropa y me fui tranquilo a mi casa. Yo sabía que ese era el remedio.
– ¿Y qué hizo después? – pregunta tímida pero curiosamente Fulgencia.
– ¡Ayayay, m’hija! Al día siguiente no apareció la bruja en su casa y se hizo el escándalo. La buscaron como aguja y nada. Yo me reía. La otra noche, la lechuza en mi casa, mansita, chuando como si llorara. Entonces tomé su ropa y me fui al higuero; la lechuza me siguió y, ya con la ropa ahí, al ratito estaba hecha gente, eso sí, en pelota como Dios la echó al mundo.
– ¿Y qué hizo usté? – pregunta socarronamente Cipriano.
– Le metí una paliza de Cristo y señor mío. Y la amonesté que si volvía a hacerse animala y a molestar a mi hermano o a otro vecino la iba a dejar lechuza para siempre. Nunca más volvió a molestar a nadie. ¡Ja, conmigo no dan dos vuelos las brujas!

Los brujos de Ilamatepeque – Ramón Amaya Amador

EL PALACIO IMAGINADO

Cinco siglos atrás cuando los bravos forajidos de España, con sus caballos agotados y las armaduras calientes como brasas por el sol de América, pisaron las tierras de Quinaroa, ya los indios llevaban varios miles de años naciendo y muriendo en el mismo lugar. Los conquistadores anunciaron con heraldos y banderas el descubrimiento de ese nuevo territorio, lo declararon propiedad de un emperador remoto, plantaron la primera cruz y lo bautizaron San Jerónimo, nombre impronunciable en la lengua de los nativos. Los indios observaron esas arrogantes ceremonias un poco sorprendidos, pero ya les habían llegado noticias sobre aquellos barbudos guerreros que recorrían el mundo con su sonajera de hierros y de pólvora, habían oído que a su paso sembraban lamentos y que ningún pueblo conocido había sido capaz de hacerles frente, todos los ejércitos sucumbían ante ese puñado de centauros. Ellos eran una tribu antigua, tan pobre que ni el más emplumado monarca se molestaba en exigirles impuestos, y tan mansos que tampoco los reclutaban para la guerra. Habían existido en paz desde los albores del tiempo y no estaban dispuestos a cambiar sus hábitos a causa de unos rudos extranjeros. Pronto, sin embargo, percibieron el tamaño del enemigo y comprendieron la inutilidad de ignorarlos, porque su presencia resultaba agobiante, como una gran piedra cargada a la espalda. En los años siguientes, los indios que no murieron en la esclavitud o bajo los diversos suplicios destinados a implantar otros dioses, o víctimas de enfermedades desconocidas, se dispersaron selva adentro y poco a poco perdieron hasta el nombre de su pueblo. Siempre ocultos, como sombras entre el follaje, se mantuvieron por siglos hablando en susurros y movilizándose de noche. Llegaron a ser tan diestros en el arte del disimulo, que no los registró la historia y hoy día no hay pruebas de su paso por la vida. Los libros no los mencionan, pero los campesinos de la región dicen que los han escuchado en el bosque y cada vez que empieza a crecerle la barriga a una joven soltera y no pueden señalar al seductor, le atribuyen el niño al espíritu de un indio concupiscente. La gente del lugar se enorgullece de llevar algunas gotas de sangre de aquellos seres invisibles, en medio del torrente mezclado de pirata inglés, de soldado español, de esclavo africano, de aventurero en busca de El Dorado y después de cuanto inmigrante atinó a llegar por esos lados con su alforja al hombro y la cabeza llena de ilusiones.

Europa consumía más café, cacao y bananas de lo que podíamos producir, pero toda esa demanda no nos trajo bonanza, seguimos siendo tan pobres como siempre. La situación dio un vuelco cuando un negro de la costa clavó un pico en el suelo para hacer un pozo y le saltó un chorro de petróleo a la cara. Hacia el final de la Primera Guerra Mundial se había propagado la idea de que éste era un país próspero, aunque casi todos sus habitantes todavía arrastraban los pies en el barro. En verdad el oro sólo llenaba las arcas del Benefactor y de su séquito, pero cabía la esperanza de que algún día rebasaría algo para el pueblo. Se cumplían dos décadas de democracia totalitaria, como llamaba el Presidente Vitalicio a su gobierno, durante los cuales todo asomo de subversión había sido aplastado, para su mayor gloria. En la capital se veían síntomas de progreso, coches a motor, cinematógrafos, heladerías, un hipódromo y un teatro donde se presentaban espectáculos traídos de Nueva York o de París. Cada día atracaban en el puerto decenas de barcos que se llevaban el petróleo y otros que traían novedades, pero el resto del territorio continuaba sumido en una modorra de siglos. […]

Cuentos de Eva Luna – Isabel Allende

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