¿dóndevamossindepilar?


El paraguas amarillo
17.noviembre.07, 11:00
Filed under: compromiso, relatos

Ha sido una semana dura. Todavía voy a necesitar un poco de tiempo para organizar todo lo que tengo que contar. Así que me haré esperar. Pero sí que me apetece contar que este fin de semana me han invitado y he vuelto a San Pedro Sula. Nada más llegar, y aunque parezca increible, las hermanas me regalaron un paraguas amarillo. Lo sé, este blog debería llamarse Big Fish. Pero este regalo cobró sentido en cuanto me explicaron que…

… érase una vez un pueblo gris y triste, donde, cuando llovía, todos los habitantes recorrían las calles con paraguas negros. Siempre, rigurosamente negros.

Bajo el paraguas todos tenían una cara ceñuda y triste… ¡Y no puede ser de otro modo bajo un paraguas negro!

Pero un día que llovía a cántaros, una lluvia más densa que nunca, apareció de improviso un señor algo extravagante que paseaba bajo un paraguas amarillo. Y para colmo, aquel señor sonreía.

Algunos transeúntes lo miraban escandalizados bajo el paraguas negro que los cobijaba y refunfuñaban: “¡Mirad qué indecencia! Es verdaderamente ridículo con ese paraguas amarillo. ¡No es serio! ¡En cambio, la lluvia es una cosa seria y un paraguas sólo puede ser negro!”.

Otros montaban en cólera y se decían unos a otros: “Pero ¿qué clase de idea es ésa de ir por ahí con un paraguas amarillo? Aquel tipo es sólo un exhibicionista, uno que quiere hacerse notar a toda costa. ¡No tiene nada de divertido!”

Efectivamente, no había nada de divertido en aquel pueblo, donde llovía siempre y los paraguas eran todos negros.

Sólo la pequeña Natacha no sabía que pensar. Un pensamiento le bullía en la cabeza con insistencia: “Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea amarillo o negro, lo que cuenta es tener un paraguas que cobije de la lluvia”.

Además, la pequeña se daba cuenta de que aquel señor bajo su paraguas amarillo tenía el aspecto de sentirse perfectamente a gusto y feliz. Se preguntaba el porqué.

Un día, a la salida de la escuela, Natacha se dio cuenta de haber olvidado su paraguas negro en casa. Sacudió los hombros y se encaminó hacia casa con la cabeza descubierta, dejando que la lluvia empapase sus cabellos.

La casualidad quiso que al poco tiempo se cruzase con el hombre del paraguas amarillo, el cual le propuso sonriendo: “Niña, ¿quieres cobijarte?”.

Natacha dudó. Si aceptaba, todos le tomarían el pelo. Pero en seguida tuvo el otro pensamiento: “Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea amarillo o negro, ¿qué importa? ¡Siempre es mejor tener el paraguas que empaparse de lluvia!”.

Aceptó y se metió debajo del paraguas amarillo al lado de aquel señor gentil.

Entonces comprendió por qué era feliz: bajo el paraguas amarillo ¡el mal tiempo ya no existía! Había un gran sol en el cielo azul, donde los pajarillos volaban cantando.

Natacha tenía un aspecto tan de asombro que el señor se echó a reír a carcajadas: “¡Ya lo sé! También tú me tienes por loco, pero quiero explicarte todo. Durante algún tiempo, estaba triste también yo, en este pueblo donde llueve siempre. Yo también tenía un paraguas negro. Pero un día, saliendo de mi despacho, me olvidé del paraguas y me encaminé a casa, así como estaba. Mientras caminaba, encontré a un hombre que me ofreció cobijarme bajo su paraguas amarillo. Como tú, dudé porque tenía miedo de ser distinto, de hacer el ridículo. Pero luego acepté, porque tenía aún más miedo de pillar un resfriado. Y me di cuenta –como tú- que bajo el paraguas amarillo el mal tiempo había desaparecido. Aquel hombre me enseñó por qué bajo el paraguas negro las personas estaban tristes: el repiqueteo de la lluvia y el negro del paraguas les ponía de mal humor, y no tenían ninguna gana de hablarse. Luego, de repente, el hombre se fue y yo me di cuenta de que tenía en la mano su paraguas amarillo y el buen tiempo no me ha dejado nunca”.

Natacha exclamó: “¡Qué historia! Y ¿no le da pena tener el paraguas de otro?”.

El señor respondió: “No, porque bien sé que este paraguas es de todos. Aquel hombre lo había recibido también él sin duda, de algún otro”.

Cuando llegaron a la casa de Natacha, se despidieron. Apenas el hombre, alejándose, desapareció, la muchachita se dio cuenta de tener en la mano su paraguas amarillo. Pero aquel señor tan amable, quién sabe dónde estaría ya.

Así, Natacha, se quedó con el paraguas amarillo, pero ya sabía que pronto habría cambiado otra vez de dueño; habría de pasar a otras manos, para proteger de la lluvia y llevar el “buen tiempo” a otras personas. Y ahora que has escuchado esta historia, te toca a ti, como hizo Natacha, compartir el “buen tiempo” con la gente que te rodea.

Tal vez era la dosis de magia que necesitaba.

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4 comentarios so far
Deja un comentario

Gracias por compartir este paraguas amarillo. Y a las hermanas también, parece que el regalo no ha sido sólo para ti.
Me lo guardo 🙂

Comentario por David

A la orden (como se dice aquí). Espero poder llevarlos a España, los dos: el de verdad y el “símbolo” 😉 Un abrazo

Comentario por miguelmie

🙂 … 🙂 … 🙂 … 😀

Comentario por López

Lo sé López :p

Comentario por miguelmie




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